Sala 2-3: La ciudad tartésica y orientalizante

Sala dedicada a uno de los momentos más decisivos en la formación histórica de la ciudad: el periodo tartésico y orientalizante. Durante los primeros siglos del I milenio a. C., Carmona vivió una profunda transformación que dio lugar al primer núcleo propiamente urbano y consolidó su papel como enclave estratégico en el valle del Guadalquivir.

A principios del I milenio a. C., las estrategias de poblamiento del territorio cambiaron de manera determinante. Entre los siglos IX y VIII a. C., con la llegada de navegantes procedentes del Mediterráneo oriental, se produjo el desarrollo de una de las culturas más relevantes del sur de Europa: Tartesos.

En este contexto surgió el primer núcleo urbano de Carmona, situado bajo el actual barrio de San Blas, sobre una suave ladera que desciende desde la elevación de la Judería hacia el norte. Esta zona ocupaba una posición privilegiada, ya que en ella confluían los caminos que conducían hacia la desembocadura del Guadalquivir, un territorio sobre el que Carmona ejercía un importante dominio visual.

De forma paralela al crecimiento urbano, la ciudad comenzó a fortificarse. A las defensas naturales proporcionadas por los escarpes del alcor hacia la Vega del Corbones se sumaron, desde el siglo VIII a. C., fosos, empalizadas, bastiones y murallas. Estas estructuras delimitaron un perímetro defensivo de gran importancia, que perduraría funcionalmente hasta la Edad Moderna.

Entre las construcciones conservadas destaca el primer bastión localizado en la Puerta de Sevilla. Este elemento defensivo fue construido sobre un espolón natural de roca situado en el extremo suroeste del perímetro amurallado, en un punto estratégico donde convergían los caminos y junto al paso que comunicaba la Vega del Corbones con las terrazas del Guadalquivir.

En el entorno de la ciudad, dentro del paisaje de transición entre Los Alcores y las terrazas del Guadalquivir, destacan importantes espacios funerarios y arqueológicos vinculados a este periodo, como los túmulos del Campo de las Canteras, la necrópolis orientalizante de la Cruz del Negro y el túmulo de La Alcantarilla.

Desde su posición de atalaya, Carmona se convirtió en un lugar desde el que mirar y ser vista. Su dominio visual sobre las terrazas del Guadalquivir y sobre los caminos que articulaban el territorio favoreció la consolidación de su influencia sobre un amplio espacio, de en torno a 1.000 km² de extensión, que en buena medida ha quedado fosilizado en su actual término municipal.

Uno de los hallazgos más destacados de este periodo procede de la casa del Marqués de Saltillo, donde se exhumó una colección excepcional en una habitación de pequeñas dimensiones, orientada longitudinalmente en sentido este-oeste. Sus paredes estaban construidas con adobes y revestidas con una arcilla amarillenta encalada, mientras que el suelo era de arcilla rojiza.

Sobre este pavimento aparecieron los restos de tres píthoi, grandes tinajas decoradas con motivos figurativos animales y vegetales de clara inspiración oriental. El mayor de ellos representa un cortejo de cuatro grifos, seres híbridos con cabeza, cuello y alas de ave, cuerpo de ciervo o bóvido y rabo de toro. Los otros dos vasos presentan motivos de flores y capullos de loto entrelazados.

Junto a estos vasos se recuperaron además dos copas, un plato y cuatro cucharas de marfil talladas imitando las patas de un ciervo, una cabra o un bóvido. Tanto la estructura del edificio como la simbología representada en los vasos permiten interpretar este espacio como parte de un posible complejo religioso.

En conjunto, esta sala muestra el papel fundamental de Carmona durante el periodo tartésico y orientalizante, una etapa en la que la ciudad comenzó a definirse como un núcleo urbano, fortificado, estratégico y abierto a influencias culturales procedentes del Mediterráneo.

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