El interés de las murallas medievales reside en la complejidad de su sistema defensivo y en la superposición de etapas históricas que pueden reconocerse en su trazado. Aunque su origen se sitúa en momentos anteriores, la ciudad fue consolidando su carácter fortificado mediante sucesivos refuerzos protohistóricos, cartagineses, romanos e islámicos.
El conjunto defensivo medieval se completaba con la existencia de cuatro puertas y tres alcázares que funcionaban de forma coetánea: el Alcázar de la Puerta de Sevilla, de origen romano; el Alcázar de la Reina, de época islámica; y el Alcázar de Arriba, de mayores dimensiones y vinculado posteriormente a Pedro I.
La importancia del sistema defensivo de Carmona quedó reflejada en la intervención arqueológica realizada en el Alcázar de Arriba durante el año 2008. Estos trabajos permitieron conocer mejor la planta del palacio de Pedro I y verificar la existencia de un alcázar islámico anterior, confirmando la continuidad de uso y transformación de estos espacios fortificados.
Con el paso del tiempo, la cerca fue perdiendo su función defensiva. Aunque existen reparaciones puntuales, su abandono funcional debió producirse en la primera mitad del siglo XVI, cuando dejó de ser eficaz frente al uso de la artillería. A esta pérdida de utilidad militar se sumaron los daños provocados por el terremoto de 1504, que supuso un golpe definitivo para la conservación del recinto.
Hoy, las murallas medievales permiten comprender la importancia estratégica de Carmona y su evolución como ciudad fortificada. Sus restos forman parte esencial del paisaje histórico urbano y ayudan a interpretar la relación entre arquitectura militar, territorio y poder a lo largo de los siglos.