El Hipogeo romano destaca por su carácter subterráneo y por la complejidad de su estructura. El recinto contaba con tres estancias excavadas en la roca, conectadas entre sí por galerías de menor tamaño.
Construido durante el siglo I a. C., el santuario se mantuvo en uso hasta la segunda mitad del siglo I d. C.. En ese momento, sus accesos fueron sellados y el espacio quedó enterrado bajo más de cinco metros de escombros romanos, lo que favoreció la conservación de parte de sus estructuras.
En su interior se documentaron elementos de gran interés arqueológico, como pequeños hornos, hornacinas y una puerta de sillares conservada intacta, que habría funcionado como entrada principal del recinto. Estos restos ayudan a comprender la singularidad del conjunto y su posible uso vinculado a prácticas rituales.
Durante la excavación se recuperó también una importante cantidad de materiales arqueológicos, entre ellos piezas de cerámica, vidrio, metal y piedra. Entre los hallazgos más destacados figura una pequeña gema que debió ir engarzada en un anillo, decorada con la representación de un Eros portando una antorcha.
Pese a la singularidad del hallazgo, los estudios realizados permiten interpretar el complejo como parte de un santuario dedicado al dios Mercurio, divinidad asociada al comercio, los caminos, el tránsito y la comunicación. Esta interpretación convierte al Hipogeo de San Felipe en un enclave excepcional para conocer la religiosidad de la Carmona romana y la diversidad de espacios sagrados que existieron en la ciudad.